jueves, agosto 18, 2005

Vida Matrimonial

Por Quim Monzó


A fin de firmar unos documentos, Zgdt y Bst (casados desde hace ocho años) tienen que ir a una ciudad lejana. Llegan a media tarde. Como no podrán resolver el asunto hasta el día siguiente, buscan un hotel donde pasar la noche. Les dan una habitación con dos camas individuales, dos mesillas de noche, una mesa para escribir (hay sobres y papel de carta con el membrete del hotel, en una carpeta), una silla y un minibar con un televisor encima. Cenan, pasean por la orilla del río y, cuando vuelven al hotel, cada uno se mete en su cama y coge un libro.

Pocos minutos más tarde oyen que en la habitación de al lado están follando. Oyen claramente el chirrido del somier, los gemidos de la mujer y, más bajo, los bufidos del hombre. Zgst y Bst se miran, sonríen, hacen algún comentario chistoso, se desean buenas noches y apagan la luz. Zgdt, caliente por la follada que sigue oyendo a través de la pared, piensa en decirle algo a Bst. A lo mejor ella se ha puesto tan caliente como él. Podría acercársele, sentarse en la cama, bromear sobre los vecinos de habitación y, como quien no quiere la cosa, acariciarle primero el pelo y la cara y a continuación los pechos. Muy probablemente, Bst se apuntaría en seguida. Pero ¿y si no se apunta? ¿Y si le retira la mano y chasca la lengua o, peor todavía, le dice “No tengo ganas”? Hace años no habría dudado. Habría sabido, justo antes de apagar la luz, si Bst tenía ganas, si los gemidos de la habitación de al lado la habían encendido o no. Pero ahora, con tantos años de telarañas encima, nada está claro. Zgdt se vuelve de lado y se masturba procurando no hacer ruido.

Diez minutos después de que haya acabado, Bst le pregunta si está dormido. Zgdt le dice que todavía no. En la habitación de al lado ya no gimen; ahora se oye una conversación en voz baja y risas sofocadas. Bst se levanta y va a la cama de Zgdt. Aparta las sábanas, se tiende y empieza a acariciarle la espalda. La mano baja desde la espalda hasta las nalgas. Sin coraje para decirle que se acaba de masturbar, Zgdt le dice que no tiene ganas. Bst deja de acariciarlo, hay un silencio breve, larguísimo, y se vuelve a su cama. Él oye cómo aparta las sábanas, cómo se mete dentro, cómo se revuelve. A cada revuelta, a Zgdt se le multiplican los remordimientos por haberse masturbado sin haber intentado antes saber si Bst querría follar. Además, se siente culpable de no haberle dicho la verdad. ¿Tan poca confianza se tienen, tan extraños son ya el uno para el otro, que ni eso puede decirle? Precisamente para demostrar que no son del todo extraños, que aún hay una chispa de confianza, que quizá puede reavivar la hoguera, reúne coraje, se vuelve hacia ella y le confiesa que hace unos minutos se ha masturbado porque pensaba que ella no tendría ganas de follar. Bst no dice nada.

Minutos después, por los sonidos disimulados que le llegan, Zgdt supone que Bst se está masturbando. Zgdt siente una tristeza inmensa, piensa que la vida es grotesca e injusta y rompe a llorar. Llora contra la almohada, hundiendo la almohada todo lo que puede. Las lágrimas son abundantes y calientes. Y cuando oye que Bst ahoga el gemido final contra el pulpejo de la mano, grita con un grito que es el grito que ella se muerde.


Extraído de Ochenta y Seis Cuentos, Ed. Anagrama

2 Comments:

Blogger mirona said...

gran cuento.
en un redepente, los nombres de marido y mujer me evocaron, un poquito, a las cosmicómicas.

19 agosto, 2005 09:35  
Anonymous Anónimo said...

según ya no me acuerdo quién el matrimonio es una cama donde ninguno puede dormir y ninguno se mueve para dejar que el otro duerma.

Decía algo como: Matrimonio = no poder dormir, no poder moverse

21 agosto, 2005 18:23  

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