lunes, enero 22, 2007

Adolfo Couve


.......... Aún recuerdo cómo mi padre trazó el picadero. Clavaron con gran ceremonia una poderosa estaca, y haciendo girar una yunta de bueyes describieron en el suelo una circunferencia perfecta. Más tarde la rellenaron con arena y levantaron junto a su orilla numerosas caballerizas y glorietas para guardar los animales y aperos. Allí recibí mis primeras clases de equitación en un caballito dócil llamado Júpiter. El maestro lo ataba por medio de una larga cuerda a la estaca y luego me obligaba acompasadamente a girar en torno de ella. Bien erguido, las riendas en la mano izquierda, la fusta en la derecha, las rodillas apretadas contra los flancos, sólo la punta de las botas metidas en los estribos. La cinta coqueta iba sobre el ridículo sombrero, y todo era girar: animal, maestro, estaca, casas, glorieta, pista y cocheras.


.......... Cuando aprendí a saltar las primeras vallas ocurrió lo de la señora enlutada. Mi padre no era hombre que se limitara a sonreír al ver mis avances y constatar mis gracias. Le gustaba darlo a conocer a los vecinos, hacer circular las noticias. Era un ser extravertido, ajeno a ese pudor que recoge enteros a los dueños de una diferencia grata. Muchas veces, mientras mi vista cansada recorría los monótonos cascotes de arena endurecida, de pronto rompía la paz de la mañana una turba de amigos y señoras que, emergiendo de la cristalería de las glorietas, rodeaban la empalizada haciéndome ruborizar entero. Si se hacen gracias en público siempre fallan. Sobre todo que mi profesor de equitación subía el tono de su voz y me exigía la proezas sin orden ni lógica para complacer a su amos. Júpiter y yo nos poníamos nerviosos, el trote lo emprendíamos torpe, el galope de parada sin armonía y al saltar la primera valla me aferraba con ambas manos a la silla, dejando volar por los aires fusta y sombrero. También a estos percances ponía risas mi padre. Celebraba todo cuanto yo hiciera en el picadero. Eran tiempos frívolos que no exigían gran cosa de las disciplinas. Trocaban en juegos la música, incluso la guerra. El maestro, dirigiéndome una mirada de hielo, hacía como que no le importaba y, dándome la espalda, se ponía a recomendar sillas y arneses, domadores y animales a los curiosos visitantes.


Fragmento de El Picadero, Narrativa Completa, Seix Barral.