Roberto Bolaño
Esperas que desaparezca la angustia
Mientras llueve sobre la extraña carretera
En donde te encuentras
Lluvia: sólo espero
Que desaparezca la angustia
Estoy poniéndolo todo de mi parte.
Mesa de Luz
Afuera cortan flores, las apoyan en el piso, agarran un tarro, abren una canilla, llenan el tarro, colocan las flores, se sacuden: misión cumplida.
En el baño bajan la tapa del inodoro, esperan unos segundos, cortan papel, lo pasan por las partes, aprietan el botón, abren una canilla, agarran jabón, se lo pasan debajo del chorro de agua tibia.
Las manos suben una escalera, desvisten a la persona que las lleva de un lado a otro, abren un lado de la cama (el otro está ocupado) y empiezan a acariciar una espalda.
Poco más tarde una voz dormida dice hola, ¿qué hacías?
Le ladro como perro triste y como perro contento. Le gustan los dos porque pega gritos de alegría.
Es la hija de mi hermano Tomás. Cuando mi hermano Tomás era chico yo lo abrazaba y le daba besos.
Porque guardo la bicicleta en el pasillo del ascensor de atrás. Antes la dejaba afuera y me robaron dos gomas, tres asientos y al final una bicicleta entera. Entonces de noche empecé a guardarla en el pasillo del ascensor de atrás.
Ramón el portero me dice no te hagas problema. Y a veces como agradecimiento le traigo del supermercado una cerveza fría. Ramón dice muchas gracias, está lindo para tomar una cervecita.
El departamento tiene ventajas. Salvo en el baño, no se escucha a los vecinos. El baño tiene una ventana que da a un hueco negro y misterioso. Por ahí entra ruido a televisión, a viejas parloteando, a inodoro después de tirar la cadena. En el hueco se concentran todos los ruidos del edificio.
En el marco de una de las ventanas descansa la colección de cactus. Los cactus empezaron a florecer. A algunos además les salieron pelotas. Tal vez sean brotes. Acostumbrado a la independencia casi absoluta de los cactus, nunca regué la planta que me regalaron y se secó. Los cactus no se secan, siguen mutando, les salen flores, les crecen pelotas, sobreviven al ataque de pájaros malditos.
Al lado de una maceta reposa un huevo. El huevo puede llegar a transformarse en proyectil cuando uno de los conductores de abajo empiece a tocar bocina en forma insistente. Las bocinas no conocen el peligro. Un huevo que cae desde cierta altura en el techo de un automóvil produce en su interior un sonido aterrador. Más aterrador todavía que el de las bocinas. Contraofensiva.
Hormigas. En el departamento casi no hay bichos. Ni cucarachas, ni escarabajos, ni nada. El otro día aparecieron en la jabonera del baño dos hormigas. Eran pequeñas. Pero dejé que siguieran con lo suyo. Cada tanto desaparecen, cada tanto vuelven a aparecer. Siempre son dos, las mismas dos, pienso. Las guachas se aquerenciaron.
En el pasillo de entrada hay un cuartito donde se deja la basura. Cuando me mudé, Ramón me dio una llave. A los pocos días Ramón dijo que a esa puerta había que cerrarla con llave. Son cosas de viejo, me dijo, si no la cerrás con llave se quejan.
Dejaron una nota en el ascensor. Pretendían cortar el agua por tres días. Limpieza del tanque. Los vecinos organizaron una contraofensiva y consiguieron que no cortaran el agua. Ni tres, ni dos, ni medio día. Yo no firmé la solicitud.
Ramón tiene pasión por la lustradora. La pasa por todo el edificio y los pisos brillan. Qué bien mantenido que está todo, dijo mi padre la vez que vino de visita. Una lustradora antigua. Las cosas de antes nada que ver con las de ahora, me dijo Ramón una mañana antes de irme al trabajo.
Seis hombres fornidos y el escritorio de mi abuelo. No termino de comprender cómo lo lograron. Lo subieron por la escalera, no pasaba por ninguna de las puertas, y encima pesa una ton. (tonelada). Me pidieron destornillador, pinza, etc., y lo iban desarmando en capas. Costó, pero de todas formas, muy profesionales ellos, no se fueron hasta concluir la tarea. Como último recurso, yo tenía preparado un WD40, un producto que nunca uso.
Me desperté y fui a comprar un agua sin gas grande.
Anoche vino mi broder Chico a comer a casa. Preparé vacío, chorizos y morcillas al horno con papas hervidas. Antes de que llegara tomé los porrones que había traído ayer. Con Chico tomamos vino tinto.
Hace un par de años Chico y su novia se fueron de vacaciones al norte de Brasil. Volvemos en 15 días, dijeron. La novia volvió en 15 días, Chico no.
Al mes 4 o 5, Chico empezó a llamar a nuestra madre (cobro revertido) y decía cosas como: Soy más genial que Nietzsche, soy más genial que TODOS juntos. Y leía las cosas que escribía. Después de unos cuantos llamados por el estilo, Madre creyó que sería una buena idea ir a ver a Chico. Te acompaño, le dije.
El viaje fue largo. Ezeiza, avión, colectivo, ferry, colectivo, hotel, bote, Chico.
Chico nos esperaba en un muelle. El lugar era mágico. Me bajé del bote, Chico me abrazó fuerte, y así abrazados saltamos del muelle al mar. Nuestra madre lloraba.
Chico estaba bastante chapa pero al mismo tiempo bastante afilado. Madre no lo toleró, volvió a los tres días. Mi objetivo era traerlo de vuelta, es que era obvio que Chico no estaba del todo bien.
Una semana después pude convencerlo.
En Buenos Aires, estuvo un tiempo durmiendo en plazas. Mi familia quería internarlo y me opuse. Me peleé con todos, no lo internaron.
Ahora Chico está haciendo un esfuerzo por ser un ciudadano común. Lo quiero a mi broder Chico.
Hice varios cursos de capacitación. Los cursos me deprimían. El peor fue uno que tuve que viajar a San Pablo, Brasil. Al curso lo daba un indio de la India. Hablaba con acento (de la India) a dos mil por hora de temas estrambóticos. Nadie entendía nada y encima duraba casi siete horas por día. Otra vez me tocó ir a uno de atención telefónica: nos decían cómo había que atender el teléfono. No valía decir hola, había que decir el nombre del banco. Como las siglas del banco eran en otro idioma, pasaban en una pantalla cada letra y escribían cómo había que pronunciarlas: H (eich) S (es), etc. Las personas que daban este tipo de cursos hacían chistecitos, sonrisas, y contaban experiencias de trabajo…experiencias de vida. Yo los miraba en acción y me acordaba que hoy en día sin inglés y sin computación vas muerto.
Camioneta gasolera, sin radio ni aire acondicionado. Manejo desde la madrugada y ahora el calor es importante. El paisaje cambia después de andar muchos kilómetros. Paro a ayudar a unos a los que se les rompió el auto en medio de la nada. Les explotó el motor o algo por el estilo. Ellos hablan histéricos por teléfonos celulares y sigo viaje. Al rato paro a cargar gasoil. El hombre de la estación de servicio no tiene ningún apuro. Yo tampoco. En el baño me mojo la cabeza y el cuerpo. Un poco más adelante vuelvo a parar; el cartel en letras de colores dice: Chivito al asador - Vacío - Parrilla. Pido chivito, no tenemos me dice la chica de piel oscura y sonrisa linda. Pido vacío, no tenemos me vuelve a decir. Entonces una cerveza y una milanesa con fritas. Eso sí tenemos dice y desaparece atrás de unas tiras de plástico que separan el salón de la cocina. Después vuelve con un vaso y la cerveza. La televisión prendida con noticias sobre políticos, prefiero mirar por la ventana. Tomo media botella, está bien fría. La milanesa y las fritas podrían haber sido peores. La ventana da a la ruta: árboles bajos, arena, casi no pasan autos. Pago, me despido, afuera eruto, meo atrás de un F100 destartalada y me tiro abajo de un árbol. El perro marrón mueve la cola y tiene ojos tristes. Quiere caricias, tal vez algo para comer. Caaamine, le digo, juiiira. El perro no obedece, se tira al lado, la lengua afuera. Falta más de la mitad de camino. El perro no tiene ningún apuro. Yo tampoco. La parrilla, la chica de piel oscura y sonrisa linda, el perro, el camino.
Éramos tres y las chances de que alguien levantara a tres eran bajas.
Me tocó en el primer viaje. Chau, nos vemos a mitad de camino, en el pueblo sobre la ruta.
Al camionero repartidor de diarios le gustaba hablar. Cielos. Me contó varias historias sobre semis y sobre tener distintas mujeres en distintos pueblos.
Miré por la ventana los potreros, la hacienda, los montes de eucaliptus. El paisaje cambiaba lento. No tenía ganas de hablar. Tenía ganas de mirar por la ventana los potreros, la hacienda, los montes de eucaliptus.
Los tres nos encontramos en el lugar indicado. Comimos en un parador sobre la ruta. Si hay camioneros es bueno y barato. Ellos sandwiches de vacío, yo choripan. Fumamos tirados en la banquina.
Volvimos a la posición de hacer dedo. Uno firme en la ruta, los otros dos más atrás, medio tapados por el cartel de Buenos Aires 300. El sol empezaba a bajar. Vamos a tener que dormir ahí tirados en ese alero, dijo uno.
Por fin nos levantaron. Eran dos socios. Un auto grande con equipo de música. Nosotros no lo podíamos creer, nos codéabamos y pensé que nos íbamos a tentar. En la empresa los socios fabricaban tapas de metal, no entendí para qué servían.
La fábrica quedaba en un barrio de casas y galpones con pocos árboles. No pudimos rehusarnos a una visita guiada. Chapas, máquinas, el techo bajito. Se empeñaron en explicarnos todo Todo TODO.
Bueno, nos dijeron en la puerta corrediza, hasta acá llegamos nosotros. Por ésta tres cuadras y en la avenida doblan a la derecha unos veinte metros. Muchas gracias, contestamos. Caminamos unos pasos y el ruido de la puerta corrediza cerrándose me dio escalofríos.
El viaje en colectivo fue largo. Me tocó mi asiento preferido: el último de la fila de uno. Me gustaba mirar las luces de los negocios cerrados.
En casa me pegué un baño. Mis hermanos dormían. Mi madre también. En la cocina le entré a unos fideos gratinados. Los comí fríos, directo de la pirex. Después prendí un pucho y escuché las voces del interior de la manzana. Mientras, soplé argollas de humo porque me salían bien. No podía distinguir de qué hablaban las voces del interior de la manzana. Sólo me daba cuenta si eran voces de mujer o de hombre, o de si estaban enojadas.
Metido en la cama me acordé del camionero y de los socios de las tapas de metal. Hice fuerza pero no pude acordarme para qué servían las tapas. Me hice una paja y me limpié con la media de tenis que escondía en el fondo del último cajón.
Movés el volante un poco, lo cruzás, y después acelerás a fondo, nos decía nuestro padre.
Nosotros apenas alcanzábamos a ver el camino y teníamos que poner un almohadón en el asiento. Cuando hay barro, dejalo ir, no trates de ganarle al barro porque nos vamos a hacer mierda. Seguí la huella y acompañalo, así, acelerá, acelerá más no tengas miedo, ACELERÁAAAA.
Era el momento en que mi padre y yo mejor nos entendíamos.
Que el aerosol que se ponían los futbolistas cuando se golpeaban era bueno. Algispray. Lo tirábamos en la remera (en la parte del pupo) y lo chupábamos. A mí me gustaba el sabor, me daba escalofríos pero no me pegaba. O capaz que sí y ni me daba cuenta. Al que sí le pegó fue a Peque. Después de chupar la remera, salió al balcón, cruzó la baranda y se colgó patas al viento. Era un piso siete. Yo no toleraba verlo haciendo acrobacias. Por favor, volvé volvé, le decía. Peque se reía como una hiena y no hacía caso. Por fin cuando volvió del balcón, prendimos un porro y pusimos música. El porro sí que me hacía efecto. Eran las primeras veces. Tirado en el suelo, eran remolinos de cosquillas que subían y bajaban sin parar.
Invitó a todo el grado a pasar el día a su quinta. Los varones jugamos al fútbol, nos metemos en la pileta. Las chicas juegan al hockey, se meten a la pileta y además toman sol. Todos comemos patys. A la tarde Mauro lleva a los varones a una casita donde hay una tele grande. Después pone un video. ¡Es un video porno! Algunos de mis amigos se hacen la paja. Cuando termina el video vamos de nuevo a la pileta pero no nos podemos meter: dos pibes trabajan con una bomba que están limpiando. Nos sentamos alrededor a mirarlos trabajar. Uno de los pibes se mete al fondo, parece que la bomba no funciona. El pibe aguanta mucho abajo del agua sin respirar. Pero aguanta demasiado tiempo. Al final el compañero también se tira y lo saca. El pibe no habla, tiene la cara blanca y la mamá de Mauro lo lleva volando al hospital. Al día siguiente Mauro nos dice que el pibe se salvó. Yo no le creo. Por favor decime la verdad, le digo a Mauro en el patio.
Una caja de química para hacer experimentos. La maestra anota cosas en el pizarrón y habla bla bla. Me aburro. Una chica empieza a jugar con una botella de alcohol y se le cae todo el líquido al suelo. No importa, chicos –dice la maestra– el alcohol se evapora rápido, mucho más rápido que el agua. Suena el timbre, la maestra se va. El charco de alcohol sigue ahí, en medio de la clase. Mirá, le digo a Gonzalo mi compañero de banco. Entonces prendo un fósforo y lo tiro arriba del charco de alcohol. La llama es grande, azulada. Una chica grita, otros salen corriendo y aparece un señor con un matafuegos. En dirección me preguntan ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué?, ¿Por qué? repiten sin parar. No les contesto.
Quedaba cruzando la ruta. Me llevaban cada vez que me abría la frente, una pierna o me rompía la boca andando en bicicleta. Después volvía a casa con las costuras y fueron tantos puntos les decía a mis amigos. Ellos querían verlos. Entonces me sacaba la venda y les mostraba los hilos, el mertiolate, la sangre seca. Ponían cara de impresión pero enseguida rajábamos a trepar a los árboles o a jugar a la pelota.
Mi padre pensaba que había determinadas cosas que era mejor aprenderlas de chico. Una de las cosas era manejar. Ponía un almohadón en el asiento del auto, se subía del lado del acompañante y me decía soltá de a poco el embrague y andá apretando el acelerador despacio. Las dos primeras veces me costó salir: el auto se paraba y vuelta a empezar. Manejábamos en los caminos de tierra y en un momento dado gritaba FRENAAAAA. En esa parte yo tenía que mirar por el espejo para ver que no viniera nadie atrás, y pisar el freno y el embrague al mismo tiempo para que no se parara el auto. Después decía hay que frenar rápido, siempre hay que estar atento. Creo que fue a la quinta salida donde él se dio cuenta de que yo había aprendido. A partir de ahí, me prestaba el auto para ir a lo de mis amigos. En el barrio decían que mi familia estaba demente, que había autos fantasma dando vueltas.
Una casa en Brasil a medias con una familia amiga. El viaje en auto es largo. El camino tiene curvas, morros y selva. En una de las paradas, me paso al auto de la familia amiga. Al rato tengo muchas ganas de cagar, pero me da vergüenza decirles que paren, que me estoy cagando encima. Avanzamos lento, media hora atrás de un camión. Así no llegamos más, pienso. Por fin en un puente nos tiramos a pasar. En el medio del puente se nos revienta una goma, el auto empieza a zigzaguear y de frente viene otro camión. La mamá de mi amigo grita, el papá pega un volantazo y el auto empieza con las vueltas carnero. Vueltas y vueltas. En medio de las vueltas me echo un buen cago.
A mí no me dijeron que se había suicidado. "Daniel se murió en un accidente de caza", me dijeron. Uno de mis amigos me preguntaba todo el tiempo: "¿Vos sabés cómo se murió Daniel?". Yo le contestaba que sí, pero igual él seguía preguntando. Entonces cuando me cansó, le metí una trompada en la nariz, empezó a sangrar y se fue corriendo a la casa. A la tarde la mamá vino a contarle todo a mi abuela y me pusieron en penitencia.
Después del accidente escuché esta frase durante años. Los fierros se arreglan.
Adelante viajan mi padre y su amigo Ramoncito. Atrás somos varios hijos. La ruta despejada, mi padre es un buen piloto.
Una cosechadora bloquea el paso, mi padre frena. El que no frena es el auto que viene atrás. Algunos se golpean un poco, nada grave.
El hombre que venía atrás resulta ser médico: el Dr. Maderna. La noche anterior había sido el cumpleaños de 15 de la hija del Dr. Maderna. Hoy el Dr. se levanta temprano para llevar a su hijo a un torneo de tenis interprovincial. Después del accidente, el Dr. Maderna sufre una crisis nerviosa. Mi padre y Ramoncito tranquilo Doctor le dicen, los fierros se arreglan.
Minutos más tarde mi padre y Ramoncito localizan una parrilla ubicada en la entrada del pueblo. Junto a los varios hijos (el Dr. Maderna rechazó la invitación) morfan asado con fritas y ensalada (mixta). Beben vino tinto.
Mi padre y Ramoncito se tiran en la banquina abajo de un árbol a dormir la siesta. Son las once y media de la mañana.
Los varios hijos miramos trabajar al hombre de la grúa. Los movimientos del hombre de la grúa son precisos: engancha cadenas, mueve palancas, ajusta tornillos grandes, el mameluco azul manchado.
Me la paso andando de acá para allá por todos lados. Mamá tiene una verde gigante y a veces vamos juntos hasta el pueblo a hacer las compras. Yo pedaleo con toda para que no me deje atrás. Pero hay que esquivar los pozos. En el pueblo mamá me compra una coca y volvemos tomando. Ella lleva las bolsas en un canasto. Mamá es buena.
Es de cuando vivimos en un piso alto. El balcón tiene rejas y abajo hay muchos árboles. También hay colectivos que hacen ruido. Dentro de poco voy a cumplir todos los dedos de la mano menos el gordo. Eso quiere decir que voy a cumplir cuatro. Marina es una bebé y recién aprendió a caminar.
Me estaba trepando en el mueble alto, el que está lleno de cajones, y cuando llegué arriba de todo, el mueble se me vino encima y por suerte no me aplastó porque se frenó contra la otra pared del pasillo. Marina justo jugaba cerca y el ruido la asustó. Pero no le pasó nada.
Esta vez no fue culpa mía. Espero que papá me saque rápido del baño oscuro.
Extracto de Filosofía a mano armada, Tibor Fischer.
Me acerqué a la ventana. El caballo alzó la cabeza y me miró, después siguió arrancando pasto. Otro caballo entró al jardín, pasó junto al coche y empezó a pastar. Encendí la luz de la galería y me quedé delante de la ventana, mirándolos. Eran caballos altos, blancos, de crines largas. Se habían escapado de alguna granja vecina, por el hueco de un alambrado o una tranquera abierta. Comoquiera que fuese, habían venido a parar a nuestro jardín. Estaban encantados, disfrutando mucho de su escapada. Y también nerviosos; desde la ventana les veía el blanco de los ojos. No dejaban de agitar las orejas mientras arrancaban matas de pasto. Un tercer caballo entró vacilante en el jardín, y después un cuarto. Era una tropilla de caballos blancos, y estaban pastando en nuestro jardín.
Fui a la habitación de Nancy y la desperté. Tenía rulos en el pelo, los ojos enrojecidos y los párpados hinchados. A los pies de la cama había una valija abierta.
Raymond Carver
Odiaba esas visitas porque sentía a los visitantes observar mi gordura y mi pelo fibroso confrontándolo con lo que yo había sido y lo que ellos querían que yo fuera, y sabía que se iban completamente confundidos.
Pensaba que si me dejaban sola podría tener algo de paz.
(...)
Esa tarde mi madre había traído las rosas.
-Guardalas para mi funeral- había dicho yo.
El rostro de mi madre se contrajo y pareció a punto de llorar.
Extracto de The bell jar –La campana de cristal- Sylvia Plath
Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar. Son cosas de las que uno se avergüenza, porque las palabras las degradan. Al formular de manera verbal algo que en la mente nos parecía ilimitado, lo reducimos a tamaño natural. Claro que eso no es todo. Todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos, como marcas hacia un tesoro que los enemigos ansiaran robarnos. Y a veces hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos sólo con la mirada extrañada de la gente que no entiende en absoluto lo que hemos contado, ni por qué nos puede parecer tan importante como para que casi se nos quiebre la voz al contarlo. Creo que eso es precisamente lo peor. Que el secreto lo siga siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo.
Comienzo de El Cuerpo, nouvelle en la que se basó la película Stand by Me (Cuenta Conmigo).
UN POEMA PARA DIENTE VIEJO Y TORCIDO
Conozco una mujer
que no para de comprar
rompecabezas chinos
de madera, de metal.
Piezas que al final
encajan en un cierto orden.
Lo hace con precisión matemática
resuelve todos sus rompecabezas.
Vive junto al mar
pone azúcar en el jardín para las hormigas
y sobre todo cree
en un mundo mejor.
Tiene el pelo blanco
rara vez lo peina
sus dientes están torcidos
y usa enteritos amplios
sobre un cuerpo que la mayoría
de las mujeres quisiera tener.
Durante muchos años me irritaron
lo que yo consideraba
excentricidades suyas,
como poner cáscaras de huevo en remojo
(Para aportarle calcio a las plantas)
Pero al final cuando pienso en su vida
y la comparo con otras vidas
que parecen más interesantes, originales
y bellas
comprendo que ella hirió menos gente
que cualquiera que yo conozca
(y con herir quiero decir, nada más que herir).
Ella ha pasado épocas terribles
épocas en las que tal vez yo podría
haberla ayudado más
porque ella es la madre de mi única
hija
y una vez fuimos grandes amantes
pero ella ha superado todo eso
como dije
hirió menos gente que cualquiera
que yo conozca,
y si lo mirás de ese modo,
bueno,
ella ha creado un mundo mejor,
ella ganó.
Fránces, este poema
es para vos
.......... Aún recuerdo cómo mi padre trazó el picadero. Clavaron con gran ceremonia una poderosa estaca, y haciendo girar una yunta de bueyes describieron en el suelo una circunferencia perfecta. Más tarde la rellenaron con arena y levantaron junto a su orilla numerosas caballerizas y glorietas para guardar los animales y aperos. Allí recibí mis primeras clases de equitación en un caballito dócil llamado Júpiter. El maestro lo ataba por medio de una larga cuerda a la estaca y luego me obligaba acompasadamente a girar en torno de ella. Bien erguido, las riendas en la mano izquierda, la fusta en la derecha, las rodillas apretadas contra los flancos, sólo la punta de las botas metidas en los estribos. La cinta coqueta iba sobre el ridículo sombrero, y todo era girar: animal, maestro, estaca, casas, glorieta, pista y cocheras.
.......... Cuando aprendí a saltar las primeras vallas ocurrió lo de la señora enlutada. Mi padre no era hombre que se limitara a sonreír al ver mis avances y constatar mis gracias. Le gustaba darlo a conocer a los vecinos, hacer circular las noticias. Era un ser extravertido, ajeno a ese pudor que recoge enteros a los dueños de una diferencia grata. Muchas veces, mientras mi vista cansada recorría los monótonos cascotes de arena endurecida, de pronto rompía la paz de la mañana una turba de amigos y señoras que, emergiendo de la cristalería de las glorietas, rodeaban la empalizada haciéndome ruborizar entero. Si se hacen gracias en público siempre fallan. Sobre todo que mi profesor de equitación subía el tono de su voz y me exigía la proezas sin orden ni lógica para complacer a su amos. Júpiter y yo nos poníamos nerviosos, el trote lo emprendíamos torpe, el galope de parada sin armonía y al saltar la primera valla me aferraba con ambas manos a la silla, dejando volar por los aires fusta y sombrero. También a estos percances ponía risas mi padre. Celebraba todo cuanto yo hiciera en el picadero. Eran tiempos frívolos que no exigían gran cosa de las disciplinas. Trocaban en juegos la música, incluso la guerra. El maestro, dirigiéndome una mirada de hielo, hacía como que no le importaba y, dándome la espalda, se ponía a recomendar sillas y arneses, domadores y animales a los curiosos visitantes.
Fragmento de El Picadero, Narrativa Completa, Seix Barral.