por Diego Capurro
El problema de Charlie era que no captaba correctamente el sentido de los mensajes. Charlie compensaba esta falencia con una extraordinaria falta de interés por todo. Lo único que le interesaba a Charlie eran los parques de diversiones.
Una vez, Joe, su jefe en la estación de servicio, le dijo: “Charlie, mientras cargas combustible, debes medir el aceite y limpiar los vidrios de los carros. Ganarás más propinas, Charlie”. A partir de ese día, Charlie comenzó a desinflar las gomas delanteras del automóvil en cuestión. Cuando los clientes le preguntaban qué cuernos estaba haciendo, Charlie contestaba que lo hacía porque era parte del reglamento estatal.
Un caso este Charlie. Varias veces lo sorprendieron en lugares insólitos. Una vez hasta lo tuvieron que bajar de una enorme antena parabólica. “Si uno toma sol ahí adentro, los rayos UV no te afectan”, argumentó Charlie mientras dos hombres lo aferraban con fuerza.
Con el paso del tiempo, Charlie empezó a vivir lo cotidiano de manera cada vez más particular. Había armado una mesa de televisión centrífuga con los restos de un lavarropas. El eje de rotación de la mesa coincidía con el centro de la pantalla de televisión. Uno podía ver televisión con el efecto carrousel. Yo no duraba mas de cinco segundos mirándola girar, me mareaba y echaba un vómito. Mas tarde reemplazó todas las lamparitas de la casa con luces estroboscópicas. Era imposible ir por las noches a casa de Charlie, él prendía sus luces, y la casa parecía un árbol de navidad a 100 R.P.M. Ir de la cocina al baño era una misión imposible, meábamos en el fregadero.
Me acuerdo cuando fuimos con Charlie a un parque de diversiones. Había una Montaña Rusa enorme, de las más grandes que he visto.
-Hey Charlie, mira esa montaña rusa. ¡Es de puta madre!
-Sí, es de puta madre.
-Toma seis dólares y sácate dos entradas.
Charlie volvió con dos bolsas enormes de pochoclo. Tuve que ir yo mismo a sacar las entradas.
-Bueno, ahora sí vamos a ver qué tan terrible es esta cosa.
-Vamos a subir. Me gustan las montañas rusas, dijo Charlie.
La montaña rusa tenía carritos aerodinámicos y decían que en una parte del recorrido alcanzaba una velocidad de doscientos kilómetros por hora. Decidí no subir al artefacto. De algún modo, la situación se tornaba insoportable. Tal vez era Charlie, tal vez fuese yo, pero definitivamente no me iba a subir al condenado aparato. Charlie me observó durante unos segundos y luego subió.
Siempre he visto a la vida como una disputa. Para mí, el mundo estaba separado en dos grupos. De un lado las personas que amaban las puras estupideces, y cruzando, las que no sabían qué estupideces amar. Charlie parecía no encajar en ninguno de los grupos. ¿Cuál sería su fuente movilizadora? Mientras ocupaba mi mente con estas cuestiones, Charlie recorría a doscientos las cabriolas de la montaña. Me sentí derrotado. Debí haber subido a la puta montaña.
Diego Capurro, nació en BsAs en 1973. Estudió varias carreras y disciplinas.