sábado, agosto 27, 2005

Rain - The Beatles -

If the rain comes they run and hide their heads.
They might as well be dead,
If the rain comes.

When the sun shines they slip into the shade,
An sip their lemonade,
When the sun shines, when the sun shines.

Rain, I don’t mind,
Shine, the weather’s fine.

I can show you that when it starts to rain,
Everything’s the same,
I can Show you, I can Show you.

Rain, I don’t mind,
Shine, the weather’s fine.

Can you hear me that when it rains and shine,
It’s just a state of mind,
Can you hear me, can you hear me?


Nota: Traducción en comments

Dibuje Holden

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los agarro. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno.



Extraído de El Guardián entre el Centeno.

The Catcher in the Rye., J.D. Salinger

Vias


Foto: Martín Turnes

Me gusta viajar en tren. Casi nunca lo hago. En los trenes y en el subte puedo leer, en colectivos no. Cuando tenía unos 16 años viajamos colados a Junín. Cuando venía el guardia nos subíamos al techo. Una movida bastante arriesgada. El viaje era de 270 kms, le puso como seis horas.

jueves, agosto 25, 2005

Desierto



New Mexico.
Foto: Trini Campbell

Me gustan los desiertos. Una vez manejé desde Esquel a Trelew y siempre me acuerdo de ese viaje.

domingo, agosto 21, 2005

Novela

246.

Considerar todas las cosas que nos suceden como accidentes o episodios de una novela a la que asistimos, no con la atención sino con la vida. Sólo con esa actitud podremos vencer la malicia de los días y los caprichos de los acontecimientos.


Fernando Pessoa
Extraído de El Libro del Desasosiego.

sábado, agosto 20, 2005

Relato

Por Alberto Llambí Campbell


Así lo vi al pasar: recostado contra la pared del rancho, con una pierna doblada, apoyando la planta del pie desnudo contra la pared de adobe. Esas plantas de los pies endurecidas por el pedregullo y las piedras filosas. Tenía los brazos cruzados y la cabeza inclinada para un lado, descansando en un hombro.

Era un indio puro. Lo saludé al pasar con un gesto de la mano. No contestó, miraba a lo lejos, muy a lo lejos, hacia las montañas gigantescas.

A las dos o tres horas, volví de mi caminata y al pasar por el rancho, el indio seguía en la misma posición.

Me detuve y le pregunté:

- ¿Al hombre le falta trabajo? ¿Está enfermo?

Tardó un buen rato en contestar, como si le costara volver de su ensoñación y con una voz suave y aguda como un silbido, respondió:

- No, estoy estando.


Extraído de Cuentos cortos y nada más

Bailarina


Foto: Javo Veraldi

Sea Change


Sea Change. Beck. 2002

jueves, agosto 18, 2005

Vida Matrimonial

Por Quim Monzó


A fin de firmar unos documentos, Zgdt y Bst (casados desde hace ocho años) tienen que ir a una ciudad lejana. Llegan a media tarde. Como no podrán resolver el asunto hasta el día siguiente, buscan un hotel donde pasar la noche. Les dan una habitación con dos camas individuales, dos mesillas de noche, una mesa para escribir (hay sobres y papel de carta con el membrete del hotel, en una carpeta), una silla y un minibar con un televisor encima. Cenan, pasean por la orilla del río y, cuando vuelven al hotel, cada uno se mete en su cama y coge un libro.

Pocos minutos más tarde oyen que en la habitación de al lado están follando. Oyen claramente el chirrido del somier, los gemidos de la mujer y, más bajo, los bufidos del hombre. Zgst y Bst se miran, sonríen, hacen algún comentario chistoso, se desean buenas noches y apagan la luz. Zgdt, caliente por la follada que sigue oyendo a través de la pared, piensa en decirle algo a Bst. A lo mejor ella se ha puesto tan caliente como él. Podría acercársele, sentarse en la cama, bromear sobre los vecinos de habitación y, como quien no quiere la cosa, acariciarle primero el pelo y la cara y a continuación los pechos. Muy probablemente, Bst se apuntaría en seguida. Pero ¿y si no se apunta? ¿Y si le retira la mano y chasca la lengua o, peor todavía, le dice “No tengo ganas”? Hace años no habría dudado. Habría sabido, justo antes de apagar la luz, si Bst tenía ganas, si los gemidos de la habitación de al lado la habían encendido o no. Pero ahora, con tantos años de telarañas encima, nada está claro. Zgdt se vuelve de lado y se masturba procurando no hacer ruido.

Diez minutos después de que haya acabado, Bst le pregunta si está dormido. Zgdt le dice que todavía no. En la habitación de al lado ya no gimen; ahora se oye una conversación en voz baja y risas sofocadas. Bst se levanta y va a la cama de Zgdt. Aparta las sábanas, se tiende y empieza a acariciarle la espalda. La mano baja desde la espalda hasta las nalgas. Sin coraje para decirle que se acaba de masturbar, Zgdt le dice que no tiene ganas. Bst deja de acariciarlo, hay un silencio breve, larguísimo, y se vuelve a su cama. Él oye cómo aparta las sábanas, cómo se mete dentro, cómo se revuelve. A cada revuelta, a Zgdt se le multiplican los remordimientos por haberse masturbado sin haber intentado antes saber si Bst querría follar. Además, se siente culpable de no haberle dicho la verdad. ¿Tan poca confianza se tienen, tan extraños son ya el uno para el otro, que ni eso puede decirle? Precisamente para demostrar que no son del todo extraños, que aún hay una chispa de confianza, que quizá puede reavivar la hoguera, reúne coraje, se vuelve hacia ella y le confiesa que hace unos minutos se ha masturbado porque pensaba que ella no tendría ganas de follar. Bst no dice nada.

Minutos después, por los sonidos disimulados que le llegan, Zgdt supone que Bst se está masturbando. Zgdt siente una tristeza inmensa, piensa que la vida es grotesca e injusta y rompe a llorar. Llora contra la almohada, hundiendo la almohada todo lo que puede. Las lágrimas son abundantes y calientes. Y cuando oye que Bst ahoga el gemido final contra el pulpejo de la mano, grita con un grito que es el grito que ella se muerde.


Extraído de Ochenta y Seis Cuentos, Ed. Anagrama

miércoles, agosto 17, 2005

Palabras

Lo cotidiano. No sólo es aburrimiento, futilidad, repetición, mediocridad; también es belleza. Milan Kundera.

Escribir no es contar historias. Es lo contrario de contar historias. Es contarlo todo a la vez. Es contar una historia y la ausencia de otra historia. Es contar una historia que ocurre por su ausencia. Marguerite Duras.

Escribir historias es contárselas a uno mismo. Stephen King.

Un intelectual es un hombre que dice una cosa simple de un modo complicado; un artista es un hombre que dice una cosa complicada de un modo simple. Charles Bukowski.

lunes, agosto 15, 2005

Sin llaves y a oscuras

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.


Por Fabián Casas

Stand by Me (Cuenta Conmigo)




Dirigida por Rob Reiner, 1986.

Si no la vio, Ud. está mal.
Si la vio hace mucho, no pierda el tiempo y corra a su video-club.

El Carrousel de Charlie

por Diego Capurro

El problema de Charlie era que no captaba correctamente el sentido de los mensajes. Charlie compensaba esta falencia con una extraordinaria falta de interés por todo. Lo único que le interesaba a Charlie eran los parques de diversiones.

Una vez, Joe, su jefe en la estación de servicio, le dijo: “Charlie, mientras cargas combustible, debes medir el aceite y limpiar los vidrios de los carros. Ganarás más propinas, Charlie”. A partir de ese día, Charlie comenzó a desinflar las gomas delanteras del automóvil en cuestión. Cuando los clientes le preguntaban qué cuernos estaba haciendo, Charlie contestaba que lo hacía porque era parte del reglamento estatal.

Un caso este Charlie. Varias veces lo sorprendieron en lugares insólitos. Una vez hasta lo tuvieron que bajar de una enorme antena parabólica. “Si uno toma sol ahí adentro, los rayos UV no te afectan”, argumentó Charlie mientras dos hombres lo aferraban con fuerza.

Con el paso del tiempo, Charlie empezó a vivir lo cotidiano de manera cada vez más particular. Había armado una mesa de televisión centrífuga con los restos de un lavarropas. El eje de rotación de la mesa coincidía con el centro de la pantalla de televisión. Uno podía ver televisión con el efecto carrousel. Yo no duraba mas de cinco segundos mirándola girar, me mareaba y echaba un vómito. Mas tarde reemplazó todas las lamparitas de la casa con luces estroboscópicas. Era imposible ir por las noches a casa de Charlie, él prendía sus luces, y la casa parecía un árbol de navidad a 100 R.P.M. Ir de la cocina al baño era una misión imposible, meábamos en el fregadero.

Me acuerdo cuando fuimos con Charlie a un parque de diversiones. Había una Montaña Rusa enorme, de las más grandes que he visto.

-Hey Charlie, mira esa montaña rusa. ¡Es de puta madre!

-Sí, es de puta madre.

-Toma seis dólares y sácate dos entradas.

Charlie volvió con dos bolsas enormes de pochoclo. Tuve que ir yo mismo a sacar las entradas.

-Bueno, ahora sí vamos a ver qué tan terrible es esta cosa.

-Vamos a subir. Me gustan las montañas rusas, dijo Charlie.

La montaña rusa tenía carritos aerodinámicos y decían que en una parte del recorrido alcanzaba una velocidad de doscientos kilómetros por hora. Decidí no subir al artefacto. De algún modo, la situación se tornaba insoportable. Tal vez era Charlie, tal vez fuese yo, pero definitivamente no me iba a subir al condenado aparato. Charlie me observó durante unos segundos y luego subió.

Siempre he visto a la vida como una disputa. Para mí, el mundo estaba separado en dos grupos. De un lado las personas que amaban las puras estupideces, y cruzando, las que no sabían qué estupideces amar. Charlie parecía no encajar en ninguno de los grupos. ¿Cuál sería su fuente movilizadora? Mientras ocupaba mi mente con estas cuestiones, Charlie recorría a doscientos las cabriolas de la montaña. Me sentí derrotado. Debí haber subido a la puta montaña.


Diego Capurro, nació en BsAs en 1973. Estudió varias carreras y disciplinas.

domingo, agosto 14, 2005

Tócala de nuevo, Sam

Por Sam Shepard


En Rapid City, South Dakota, mi madre me daba cubitos de hielo envueltos en servilletas para que los chupase. Me estaban saliendo los dientes y el hielo me insensibilizaba las encías.

Aquella noche atravesamos los Badlands. Yo viajaba en la bandeja que hay detrás del asiento trasero del Plymouth, mirando las estrellas. El cristal estaba helado al tacto.

Nos detuvimos en la pradera, en un lugar donde había un círculo enorme de dinosaurios de yeso blanco. Nada más que los dinosaurios iluminados desde el suelo por unos focos.

Mi madre me llevó a dar una vuelta abrigado bajo una manta parda del ejército. Tarareaba una canción lenta. La tarareaba bajito, para sí misma. Como si sus pensamientos estuvieran muy lejos de allí.

Serpenteamos lentamente entre los dinosaurios. Por entre sus patas. Bajo sus tripas. Describimos círculos en torno al Brontosauro. Miramos desde abajo los dientes del Tyranosaurus Rex. Todos tenían unas lucecitas azules a modo de ojos.

No había nadie. Sólo nosotros y los dinosaurios.


9/01/1980
Homestead Valley, California
Relato sin título
Extraído de Crónicas de Motel, Ed. Anagrama

sábado, agosto 13, 2005

Derek Reyes, primer astronauta sudamericano



Derek Reyes, primer hombre latinoamericano en pisar la luna. Después de dicho acto se esguinzó el tobillo y tuvo que meterse rapidito en la nave a ponerse ratisalil.

por Juan Ramljak
Nació en BsAs en 1973. En la actualidad vive en México DF. Posted by Picasa

Cortando Cintas

Inauguración de nuevo espacio.

Atte.